“Y ofreció el rey Salomón en sacrificio veintidós mil bueyes, y ciento veinte mil ovejas; y así dedicaron la casa de Dios el rey y todo el pueblo.” (2 Crónicas 7:5)

Salomón era hijo del rey David, posición que nos permite considerarlo un hijo de pastor como nosotros.

Él conocía los resultados del sacrificio, tanto que cuando se vio sin su padre y necesitando ayuda para su reinado ofreció mil holocaustos al Señor.

 

Todas las hijas de pastores conocen en la práctica el significado de esa acción. Somos resultados de la renuncia, y junto a nuestros padres siempre estamos dejando algo atrás.

 

Pero ¿sacrificar es nuestra primera opción o sólo lo hacemos como consecuencia de la decisión de nuestra familia?

 

“Pero el rey Salomón amó, además de la hija de Faraón, a muchas mujeres extranjeras; a las de Moab, a las de Amón, a las de Edom, a las de Sidón, y a las heteas; gentes de las cuales el Señor había dicho a los hijos de Israel: No os llegaréis a ellas, ni ellas se llegarán a vosotros; porque ciertamente harán inclinar vuestros corazones tras sus dioses. A éstas, pues, se juntó Salomón con amor.”

(1 Reyes 11:1-2)

 

Salomón perdió la pureza del corazón. Él olvidó el altar, dejó la malicia entrar en el corazón y se alejó de Dios.

 

Comenzó a creer que era alguna cosa y dejó el “poder subir a la cabeza”, lo que le hizo corromperse.

 

No podemos permitir que nada entre en nuestro corazón. El altar debe ser prioridad en él, y cuando eso sucede, dependemos totalmente de Dios, como un niño depende del padre.

 

No dejes que el tiempo, el título o la posición te haga olvidar del altar. La renuncia no debe ser sólo por cuenta de nuestros padres o en los períodos de Fuego (Salomón sólo sacrificó al comienzo del reinado), debe ser todos los días, después de todo, siempre necesitamos al Señor.

 

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