“Pasó, pues, el presente delante de él; y él durmió aquella noche en el campamento.
Y se levantó aquella noche, y tomó sus dos mujeres, y sus dos siervas, y sus once hijos, y pasó el vado de Jaboc.
Los tomó, pues, e hizo pasar el arroyo a ellos y a todo lo que tenía.
Así se quedó Jacob solo; y luchó con él un varón hasta que rayaba el alba.”
(Génesis 34: 21-24)
Jacob vivía rodeado de personas. Él era un hombre rico y por eso estaba lleno de bienes. Pero toda esa riqueza y las muchas compañías no fueron suficientes para acabar con el miedo que él sentía del hermano.
Pero tú puedes pensar: “¡Pero él tenía muchos siervos, muchas personas que podían protegerlo!”
Así es, pero cuando no tenemos un encuentro con Dios, cuando somos Jacob en vez de Israel no importa cuántos seres vivos quieran socorrer o ayudar, el miedo es algo constante en ti.
Pero ¿qué hacer para deshacerse de eso, o de cualquier otra característica de quién es un Jacob?
Sólo existe una manera: haciendo lo que Jacob hizo. Quedarse solo.
No hay otra forma de conocer a Dios, de tener un encuentro con Él si no renuncias a todo lo que tienes.
¿Ha intentado en varias ocasiones dejar el pecado y no lo logró? ¿Usted sacrifica a causa de sus padres o porque sabe que su vida depende de eso?
Para y piensa: ¿Qué tienes que dejar? ¿Qué amistad, novio o pecado te ha impedido entregarte a Dios?
Dios no quiere su dinero, quiere su vida. Jacob no ofreció ningún sacrificio material en el momento en que peleó con Dios. Él sólo ofreció su vida. Él se quedó en su total dependencia.

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